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Ataques de Pánico. ¿Qué (me) está pasando?

Quienes han padecido un ataque de pánico, describen la experiencia como algo súbito, sin causa aparente y tremendamente aterrador. La persona puede llegar a pensar que está a punto de morir

16 sep 2017 en Terapia y psicología - Lectura: min.

Valencia (Ciudad) Valencia

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Aunque pueda parecer una frivolidad, existen modas dentro de los trastornos mentales y cada momento histórico tiene sus propias "epidemias". En los tiempos de Freud, el trastorno por excelencia era la histeria, un fenómeno que hoy en día prácticamente ha desaparecido. Hubo también un momento álgido para los trastornos narcisistas, y para los brotes psicóticos. Pero sin ninguna duda, el mal de nuestro tiempo son los ataques de pánico. Es raro hoy en día no haber vivido un caso muy de cerca, en nuestra propia familia, en nuestro círculo de amigos o bien haberlo sufrido nosotros mismos. Sin embargo a pesar de ser conocido se conoce muy poco sobre sus causas o sus mecanismos de acción.

En general quienes lo padecen describen el episodio como algo súbito, inesperado, sin causa aparente y sobretodo muy aterrador. Durante un ataque de pánico el paciente llega a pensar que está a punto de morir o de perder la razón, y no tiene ni idea de por qué le está ocurriendo todo esto. De hecho, la propia palabra "ataque" nos lleva a pensar en algo que externo que nos agrede o nos invade.

Al comenzar he escrito el concepto de epidemia entre comillas porque evidentemente no se trata de un contagio masivo, ni de una cuestión de imitación entre pacientes, sino la consecuencia lógica de las presiones sociales de cada época. La época victoriana fue un momento de gran represión sexual, especialmente intensa en las mujeres. Así, aquellas mujeres que no lograban "vencer" a su propia naturaleza, amoldándose a las exigencias sociales, experimentaban una serie de síntomas profundamente sexualizados. ¿Qué está pasando hoy en día para que tanta gente sufra ataques de pánico? Sin la perspectiva suficiente es difícil de decir, sin embargo en mi opinión, nuestra sociedad nos empuja a ser independientes, fuertes, y brillantes. Hay que destacar sobre el resto en un mundo tremendamente competitivo.. Por otra parte nuestra mente y nuestro cuerpo están más alejados que nunca. Tenemos un "yo físico" capaz de relacionarse con diez, cien, mil personas; y un "yo virtual" capaz de conectar con millones de personas al mismo tiempo a través de las redes sociales. El mismo hecho de distinguir entre estos dos "yoes" es en sí parte del problema. Pensamos en nosotros mismo existiendo dentro de un cuerpo. "Tenemos" un cuerpo, pero no pensamos que "seamos" ese cuerpo. De una u otra forma, es un hecho que nuestra mente pasa mucho más tiempo "en la nube" de lo que lo hacía antes.

Todo esto, y seguramente muchos otros factores, forman un coctel perfecto en el que no solo no escuchamos las señales de nuestro cuerpo, si no que ni siquiera las oímos. No es una cuestión de voluntad, o de esforzarse por escuchar algo. Para el paciente, esas señales sencillamente no están ahí. Pueden ser señales de agotamiento, de tristeza, de enfado, de miedo… sentimientos que sería lógico tener dadas las circunstancias vividas pero que por nuestra educación o aprendizajes no nos están permitidos. O quizá sí nos los permitimos, pero de una forma mucho menos intensa de lo que necesitaríamos.

Así, cuando la tensión estalla, lo hace de una forma súbita e incontrolada. No sabemos de dónde sale todo esto. Es más, unas reacciones tan intensas e imprevistas nos ponen en un estado de alerta aún mayor. ¿Qué es todo esto? ¿Qué me está pasando? Ante la duda, nuestro cerebro se prepara para lo peor, y ante la ausencia de datos o pistas, tiende a pensar en un ataque al corazón o en un ataque de locura. Es un fenómeno que se alimenta a sí mismo hasta llevarnos al límite de nuestra capacidad de aguante.

Algo tan agresivo y fuera de nuestro control se convierte lógicamente en un trauma. Quien lo sufre, desarrolla un miedo perfectamente comprensible a que le pueda suceder de nuevo. Evita las situaciones en las que se encontraba cuando ocurrieron los primeros episodios, busca estar siempre en un ambiente lo más íntimo y seguro posible por si vuelve a tener un ataque. Llega así la agorafobia asociada muchas veces a este trastorno.

¿Qué hacer? La trampa de los ataques de pánico es que lo que puede estar provocándolos es hacer justamente lo que sabemos hacer. Esforzarnos más, decir "puedo yo solo", "no es para tanto", "se me pasará". O bien avergonzarnos, ocultarlo, evitar pedir ayuda. Eso es lo que hemos hecho hasta ahora y nos ha funcionado en otras situaciones, por lo tanto estamos convencidos de que es lo que debemos hacer en este caso. Sin embargo si la presión es demasiado grande, estallaremos sin previo aviso.

El trastorno por ataques de pánico se supera y está comprobado que una combinación de tratamiento farmacológico y psicoterapia es la opción más eficaz. Los fármacos suponen un salvavidas, una primera línea de defensa para controlar los efectos del pánico. La psicoterapia nos ayudará a comprender lo que nos ocurre, y a adquirir habilidades para enfrentar este problema. Se trata de un trabajo que requiere tiempo y paciencia, porque contra la tendencia natural reinante hoy en día, la cuestión no está en esforzarse más, sino en "darse permisos". Permiso para observarse, permiso para escucharse, para sentir, para mostrarnos vulnerables, o para dejarnos ayudar. Este trabajo implica nadar un poco contracorriente. Nadar contra lo que hemos aprendido desde pequeños y contra lo que la sociedad nos exige, sin embargo puede ser también un trabajo precioso, porque implica también salir de un aislamiento interior e ir al encuentro de otros.

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