El acoso en pandemia no disminuyó: el dato del 15% que cambió nuestra forma de entender el bullying
En 2020, el mundo se detuvo… pero el acoso escolar no. Con estudiantes confinados, su incidencia superó el 15% según ANAR y Mutua Madrileña. ¿Cómo pudo seguir existiendo incluso sin aulas ni recreos?
En 2020 el mundo se detuvo. Las rutinas desaparecieron de un día para otro, las escuelas cerraron sus puertas y millones de niños y adolescentes pasaron de un entorno social físico a una realidad mediada casi exclusivamente por pantallas. Durante semanas, el silencio de las calles generó la sensación colectiva de que la vida social se había suspendido. Sin embargo, bajo esa aparente pausa, los vínculos continuaron evolucionando, transformándose en un escenario distinto que muchos adultos no terminaban de comprender.
En ese contexto, un estudio realizado por Fundación ANAR junto a Fundación Mutua Madrileña reveló un dato que sorprendió profundamente: la prevalencia de acoso se mantenía por encima del 15 % en población infantil y adolescente. La pregunta surgió de forma inmediata: ¿cómo era posible que el acoso siguiera presente cuando ya no había recreos, pasillos ni aulas donde situarlo?
Durante un tiempo se intentó explicar este fenómeno como una consecuencia directa del confinamiento. Se habló de aislamiento social, de incremento del estrés emocional, de cambios en las dinámicas familiares o del uso intensivo de dispositivos digitales. Sin embargo, esa explicación pronto empezó a quedarse corta. No era suficiente para comprender lo que realmente estaba ocurriendo.
El confinamiento no había creado el acoso. Lo había hecho visible.
Lo que cambió fue el lugar donde se manifestaba.
Cuando el espacio desaparece, la relación permanece
Uno de los errores más frecuentes al hablar de bullying es pensar que se trata de un fenómeno exclusivamente físico. Durante años se ha asociado principalmente a empujones, insultos visibles o situaciones que ocurren dentro de un espacio concreto. Sin embargo, el núcleo del acoso nunca ha estado en el lugar, sino en la dinámica relacional que se construye entre iguales.
Las necesidades emocionales de pertenencia, reconocimiento y validación social no desaparecieron con el confinamiento. Los niños continuaron buscando su lugar dentro del grupo, intentando definirse frente a otros y construyendo su identidad a través del vínculo social. Lo que cambió fue el escenario donde todo esto ocurría.
La pantalla dejó de ser un medio para convertirse en un entorno.
Un entorno donde las interacciones se aceleran, donde el lenguaje se simplifica y donde los matices emocionales se pierden con facilidad. Sin la presencia física, sin la mirada completa del otro y sin la regulación que aporta el contexto social directo, la comunicación digital puede intensificar conflictos que, en otras circunstancias, habrían encontrado límites naturales.
El acoso encontró en ese espacio nuevas formas de existir.
La transformación silenciosa del daño
El bullying tradicional tiene una estructura temporal relativamente clara. Ocurre en momentos concretos y, aunque doloroso, puede encontrar pausas. El final de la jornada escolar puede ofrecer un descanso emocional. El cambio de entorno permite, al menos parcialmente, recuperar una sensación de control.
El ciberacoso rompe esa lógica.
Cuando el daño se traslada al ámbito digital, desaparecen las fronteras temporales y espaciales. Una interacción negativa puede reaparecer horas después, multiplicarse en diferentes plataformas o mantenerse visible durante días. El menor no solo vive episodios de daño; vive la expectativa constante de que el daño pueda volver a aparecer en cualquier momento.
Esto genera una experiencia emocional radicalmente distinta. La sensación de refugio se reduce. La mente permanece alerta. La anticipación se convierte en una carga emocional constante.
Y cuando el organismo no encuentra pausas reales, el desgaste psicológico aumenta.
Una exposición constante que redefine la experiencia emocional
Uno de los aspectos más complejos del entorno digital es su continuidad. No hay un "fuera" claro. El móvil acompaña constantemente al menor, lo que significa que la interacción social puede irrumpir en cualquier momento: durante la noche, en momentos de descanso o incluso en espacios tradicionalmente seguros.
Esto transforma la vivencia del acoso. Ya no se trata únicamente de lo que ocurre, sino de la sensación de exposición permanente. El niño puede sentir que siempre está siendo observado, evaluado o juzgado.
Desde la perspectiva clínica, esta exposición sostenida activa el sistema nervioso de forma prolongada. Aparecen dificultades para desconectar, alteraciones del sueño, problemas de concentración y una sensación general de cansancio emocional que no siempre se puede explicar con palabras.
La mente intenta adaptarse a un entorno donde la amenaza no tiene límites claros.
Y esa adaptación tiene un coste.
Cuando el daño deja de estar fuera y empieza a construirse dentro
Uno de los aspectos más complejos del acoso —especialmente del ciberacoso— es que su impacto más profundo rara vez se encuentra en el episodio concreto, sino en la transformación interna que provoca en quien lo vive. Al principio, el menor suele percibir la agresión como algo externo: alguien dice algo, alguien excluye, alguien se burla. Sin embargo, cuando estas experiencias se repiten y se prolongan en el tiempo, la mente empieza a buscar explicaciones.
Y en esa búsqueda aparece una pregunta silenciosa: "¿Por qué a mí?"
Esa pregunta marca el inicio de un proceso psicológico delicado. Poco a poco, el foco se desplaza desde la conducta del otro hacia la identidad propia. El niño o adolescente comienza a interpretar el rechazo como una señal sobre su valor personal. Lo que empezó siendo una experiencia interpersonal puede convertirse en una narrativa interna.
La autoestima no suele romperse de forma abrupta. Se erosiona lentamente, a través de pequeñas dudas que se repiten, de interpretaciones negativas que se consolidan y de decisiones cotidianas que buscan evitar el dolor. El menor puede empezar a hablar menos, participar menos, exponerse menos. No necesariamente porque quiera aislarse, sino porque intenta protegerse.
Desde fuera, este proceso puede pasar desapercibido. Desde dentro, supone una reorganización profunda de la forma en que la persona se relaciona consigo misma.
Las señales invisibles que muchos adultos no reconocen
Uno de los grandes desafíos del ciberacoso es que no siempre deja señales evidentes. A diferencia del bullying tradicional, donde puede haber testigos o episodios visibles, el daño digital ocurre muchas veces en espacios privados. Chats cerrados, redes sociales o plataformas online donde el adulto no está presente.
Esto hace que la detección dependa más de cambios emocionales que de pruebas concretas.
El problema es que esos cambios suelen ser sutiles al inicio. Un niño que antes disfrutaba de ciertas actividades puede empezar a evitarlas sin explicar por qué. Un adolescente puede mostrarse más irritable, más cansado o menos comunicativo. A veces aparece un descenso académico, dificultades para concentrarse o una resistencia creciente a acudir al colegio.
Estas señales no siempre se interpretan como indicadores de acoso. Pueden confundirse con "una etapa", con cambios evolutivos o con dificultades personales aisladas. Y mientras tanto, el malestar continúa creciendo en silencio.
Aprender a mirar más allá de la conducta visible implica desarrollar una sensibilidad distinta: escuchar lo que se dice, pero también lo que se deja de decir.
Por qué el ciberacoso resulta tan difícil de frenar
Otra característica que complica el abordaje del ciberacoso es su naturaleza difusa. No tiene un inicio claro ni un final evidente. Puede reactivarse con facilidad, reaparecer en nuevos contextos o amplificarse mediante la participación indirecta de otros usuarios.
Además, la permanencia del contenido digital añade una dimensión psicológica particular. Una imagen o un comentario pueden seguir existiendo incluso cuando el episodio ha terminado. Esto genera una sensación de falta de control que aumenta la ansiedad y dificulta la recuperación emocional.
Para el menor, el daño no siempre está en el momento presente, sino en la posibilidad constante de que vuelva a aparecer.
Esta anticipación perpetúa el malestar.
El impacto en el desarrollo psicológico
La infancia y la adolescencia son etapas clave en la construcción de la identidad. Durante estos años se consolidan aspectos fundamentales como la autoestima, la percepción social, la confianza interpersonal y la regulación emocional.
Cuando el acoso se introduce en este proceso, puede alterar la forma en que el menor aprende a relacionarse consigo mismo y con los demás. No se trata únicamente de un sufrimiento puntual; se trata de una experiencia que puede influir en la narrativa personal a largo plazo.
Algunos niños desarrollan hipervigilancia social, anticipando rechazo incluso en contextos seguros. Otros pueden adoptar estrategias de evitación que limitan su desarrollo social. En ocasiones, aparece una desconexión emocional como mecanismo de protección.
Comprender estos procesos desde una perspectiva clínica permite intervenir no solo sobre la situación actual, sino sobre el impacto futuro.
Más allá de detener el acoso: reconstruir la seguridad interna
Intervenir en situaciones de acoso no consiste únicamente en eliminar la conducta dañina. Detener la agresión es fundamental, pero no suficiente. El verdadero trabajo comienza cuando se aborda el impacto emocional que ha quedado instalado.
Reconstruir la seguridad interna implica ayudar al menor a recuperar la sensación de control, a reinterpretar la experiencia desde una narrativa más saludable y a fortalecer recursos personales que permitan afrontar futuras situaciones con mayor resiliencia.
Este proceso requiere tiempo, acompañamiento y una mirada profesional que integre el contexto familiar, escolar y emocional.
Una mirada integral desde la psicología
En el Centro de Psicología Lema trabajamos el acoso desde una perspectiva clínica integral que entiende la complejidad del fenómeno. No se trata únicamente de identificar conductas, sino de comprender dinámicas relacionales, procesos emocionales y necesidades evolutivas.
El trabajo terapéutico se centra en ayudar al menor a reconectar con su seguridad interna, desarrollar habilidades de regulación emocional y reconstruir la confianza en sí mismo y en los demás. Paralelamente, se acompaña a las familias para que puedan comprender el proceso y convertirse en un apoyo seguro y coherente.
La intervención también implica coordinación con el entorno educativo, porque el cambio real ocurre cuando los diferentes contextos del niño trabajan en la misma dirección.
Nombrar para transformar
Nuestro libro "Cuando algo duele y nadie lo ve" nace precisamente desde esta necesidad: ofrecer una comprensión profunda del acoso y del ciberacoso que permita pasar del miedo a la claridad, de la confusión a la acción consciente.
Porque cuando algo duele y nadie lo ve, el dolor no desaparece. Se integra en silencio.
Y cuando se nombra, se comprende y se acompaña, empieza a abrirse la posibilidad de transformación.
Fundamento científico y referencias
Este artículo se basa en datos actuales sobre acoso escolar, ciberacoso y desarrollo emocional infantil, integrando evidencia clínica, investigación científica y experiencia terapéutica especializada.
Fundación ANAR & Fundación Mutua Madrileña. (2020). Informe sobre acoso escolar y ciberbullying en población infantil y adolescente durante la pandemia COVID-19. Madrid: Fundación ANAR.
Kowalski, R. M., Giumetti, G. W., Schroeder, A. N., & Lattanner, M. R. (2014). Bullying in the digital age: A critical review and meta-analysis of cyberbullying research among youth. Psychological Bulletin.
Hinduja, S., & Patchin, J. W. (2015). Bullying Beyond the Schoolyard: Preventing and Responding to Cyberbullying. Corwin Press.
Tokunaga, R. S. (2010). Following you home from school: A critical review and synthesis of research on cyberbullying victimization. Computers in Human Behavior.
De la Torre Lema, M. (2025). Cuando algo duele y nadie lo ve: Guía para identificar, entender y abordar el acoso. Centro de Psicología Lema.
Las informaciones publicadas por MundoPsicologos no sustituyen en ningún caso la relación entre el paciente y su psicólogo. MundoPsicologos no hace la apología de ningún tratamiento específico, producto comercial o servicio.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD