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El decálogo de la familia funcional

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Artículo revisado por el Comité de MundoPsicologos

Todas las familias pueden ser funcionales si saben cómo.

17 JUN 2014 · Lectura: min.
El decálogo de la familia funcional

Una familia funcional es aquella que cuenta con jerarquías, límites y roles claros y definidos, una comunicación abierta y asertiva y capacidad de adaptación a los cambios, permitiendo así el desarrollo favorable de todos los miembros que la forman. Existe un contacto próximo y afectivo entre todos ellos, pero respetando el espacio y la individualidad de cada uno, proporcionando un sentimiento de pertenencia y aceptación al tiempo que favorece la identidad personal y la autonomía de cada miembro. Por el contrario, una familia disfuncional presenta patrones conductuales desadaptativos (por parte de uno o varios miembros de la misma), cuyas interacciones generan un ambiente de conflicto y confrontación. Los roles familiares no están bien definidos, y las relaciones afectivas son contradictorias o ambiguas. Todo ello supone un caldo de cultivo para los trastornos psicológicos, sobre todo en los niños. El crecer en una familia disfuncional puede provocar en los niños problemas en el desarrollo cognitivo (retraso intelectuales y del lenguaje), anomalías en la personalidad (falta de confianza en sí mismo y en los demás, agresividad,…), labilidad afectiva, e inestabilidad emocional, entre otros; así mismo, aumenta exponencialmente la probabilidad de sufrir trastornos de ansiedad y depresión.

Para favorecer un correcto desarrollo personal y madurativo de los niños, es necesario que la dinámica familiar funcional sea estructurada y adaptativa, y esto puede conseguirse a través de 10 reglas generales:

1. Los padres son padres. Esto es, ni deben pretender ser “colegas” de sus hijos, ni tampoco dictadores rígidos, sino orientadores y modelos de conducta. Los niños necesitan figuras parentales sólidas (que no estrictas) a las que aferrarse y tomar como referencia de comportamiento. Los hijos ya tienen a sus amigos, por lo tanto, no es éste el papel que el padre o la madre debe pretender ocupar. El rol de padre o madre implica hacer saber al hijo que cuenta con su apoyo, pero desde una cierta distancia, sin pretender ser su “mejor amigo/a” o confidente, a menos que el niño así lo elija. Tampoco deben ocupar el otro extremo, en el que imponen a los niños de qué manera deben de actuar. Se trata de mantener una relación próxima y afectiva que no traspase el límite jerárquico que como padres deben mantener.

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2. Los niños son niños y, como tales, hay que respetar la etapa evolutiva en la que se encuentran. Hay que saber qué miedos o temores son normales para cada edad, y darles la oportunidad y el tiempo necesario para que los afronten por sí solos. En la misma línea, no se les puede exigir un nivel de responsabilidad o madurez por encima del que les corresponde por su momento de desarrollo, ya tendrán tiempo de alcanzarlo. Es bueno que vayan adquiriendo responsabilidades, sí, pero aquellas que se encuentren dentro de su alcance (sobre todo referidas a ciertas tareas del hogar, como poner y quitar la mesa, u ordenar su habitación).

3. Dinámica relacional familiar. Las relaciones entre los miembros de la familia deben basarse en el respeto, la igualdad de trato, la tolerancia, y un estilo comunicativo abierto y asertivo, donde puedan expresarse los sentimientos y opiniones tanto positivos como negativos de forma adecuada y respetando a los demás. Además, sobre todo cuando los hijos son pequeños, es muy positiva la realización de actividades en familia, tales como excursiones, viajes, salidas al campo o la playa, paseos semanales, etc. En la misma línea, es recomendable dentro de lo posible establecer un horario de comida y cena en el que pueda asistir toda la familia, o al menos una de las comidas. De este modo, se crea un momento para disfrutar de la familia, poder contar qué tal le ha ido a cada uno el día, etc.

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4. Estilo educativo compartido por los padres. Es muy importante que las pautas educativas que proporcionen los padres sean congruentes entre ambos, evitando el estilo “poli bueno, poli malo”, en el que uno de los padres es el permisivo y divertido, y el otro el que castiga y hace cumplir las obligaciones (ya que, de esta manera, los niños asocian a un padre con la diversión y al otro con la obligación, desarrollando sentimientos en consonancia al papel de cada uno, los cuales son evidentemente favorables para el que desarrolla el papel de divertido). Los castigos impartidos a los hijos deber ser, preferentemente, acordados entre ambos padres; en caso de las circunstancias conlleven a que el castigo sea impuesto por un solo progenitor, el otro debe respetarlo de modo que no cuestione la autoridad del anterior, aunque en un principio no esté de acuerdo con el mismo (lo cual pueden discutir en otro momento en el que se encuentren solos). En la misma línea, evitar aliarse con los hijos y actuar a espaldas del otro progenitor con frases del tipo “Pero no se lo digas a papá/mamá…”. Este tipo de comportamientos puede generar en el hijo la estrategia de acudir a uno u otro padre en función de lo que le convenga obtener, al tiempo que resta autoridad y supone una falta de respeto hacia el progenitor ignorado.

5. Evitar la sobreprotección y fomentar la autonomía de los hijos. Esto se consigue permitiendo a los niños tropezar y aprender de la experiencia. El temor de los padres a que sus hijos se equivoquen les lleva a adoptar una postura de sobreprotección que impide que los niños desarrollen autonomía y seguridad en sí mismos. No pasa nada si se equivocan, pues equivocarse forma parte del aprendizaje, y hay que aprender a considerar los errores como escalones de crecimiento.

6. Establecimiento claro de normas. Es conveniente que los padres establezcan una serie de límites y normas a los niños desde un principio, evitando futuros problemas de comportamiento en la adolescencia (dentro de lo posible para esa etapa). Los niños deben comprender y aceptar que, por su rol de hijos, se encuentran bajo el sometimiento de los padres, de modo que deben aceptar sus normas, impuestas en base a un estilo asertivo de comunicación y a una serie de valores y principios éticos sólidamente establecidos. Así mismo, deben comprender también que para poder ser merecedores de derechos, deben contar también con  obligaciones. Es decir, no pueden exigir privilegios si no cumplen con sus responsabilidades (a nivel académico, familiar, del hogar, etc.). Por otro lado, y de la misma manera, el cumplimiento de sus obligaciones y responsabilidades debe conllevar una permisión de derechos y privilegios por parte de los padres, reforzando así su buena conducta.

7. Respetar a los hijos. Es imprescindible respetar los gustos y apoyar las aficiones de los hijos (música, deporte, estudios,…). Es un error pretender dirigir o modelar a los hijos en función de los gustos y/o deseos de los padres, pues la represión de su verdadera forma de ser y la imposición de actividades o situaciones que no son de su agrado puede generar en los niños un efecto rebote que se volverá contra los padres impositores en forma de conflicto, rencor y distanciamiento emocional. Lo anterior no significa que un padre o una madre no pueda aconsejar a su hijo. Es más, desde su posición de adulto experienciado, es su deber guiar y orientar a su hijo en aquello que el padre considere oportuno para su futuro; no obstante, debe ser el hijo el que tome la última decisión (si su nivel de desarrollo madurativo se lo permite, evidentemente). Como decíamos en el punto 5, no hay que temer que los hijos se equivoquen, pues el mejor aprendizaje es el que se produce desde la experiencia personal, y ya tendrán tiempo de enmendar sus errores.

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8. Relaciones entre hermanos basadas en la igualdad y el compañerismo. Es muy importante no realizar comparaciones entre hermanos y evitar los favoritismos, pues este tipo de comportamientos siembran en el hermano desfavorecido sentimientos de inferioridad e injusticia que pueden repercutir en aspectos de la personalidad tales como la autoestima, la confianza en sí mismo, la agresividad,… Hay que reforzar los logros de todos los hijos por igual, sean del campo que sean, y respetar las diferentes personalidades de cada uno de ellos.

9. La pareja. A pesar de que la paternidad pasa a ocupar la práctica totalidad del tiempo libre de los cónyuges, es imprescindible no descuidar la relación de pareja. Disponer de un momento al día para disfrutar a solas, actividades agradables en pareja (al menos una vez al mes) y, en definitiva, todas las cosas que suelen recomendarse para mantener una relación sana y positiva (administración de reforzadores, comunicación fluida y asertiva, respeto mutuo,…). Por otro lado, es sumamente importante no discutir nunca delante de los hijos. Esperar y aplazar el tema a discutir a un momento en el que éstos no se encuentren delante, pues presenciar las discusiones de los padres provoca fuertes sentimientos de ansiedad e inseguridad en los niños, sintiendo cómo tambalea la estabilidad familiar. Del mismo modo, no se debe utilizar a un hijo contra el otro progenitor, criticándole a sus espaldas delante del niño, haciéndole a éste comentarios negativos directos sobre el padre, la madre o la familia de éste, o pretendiendo que actúe en perjuicio del otro. Los hijos deben ver a la pareja como un núcleo sólido y sin fisuras ya que, cuando los vínculos afectivos de los padres son sólidos, el niño cuenta con las bases para sentir la seguridad y la estabilidad de la familia.

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10. Individualidad de los miembros. Si bien es cierto que una familia funcional es aquella que permanece unida (sobre todo en momentos difíciles), también lo es que cada persona necesita un tiempo y un espacio para estar a solas consigo misma. El poder disponer de un lugar propio en la casa (entendiendo que esto no siempre es posible) favorece que cada miembro de la familia pueda encontrar en él un lugar donde desarrollar su individualidad en intimidad. De lo contrario, si la familia pertenece siempre junta o en contacto en todo momento, pueden generarse relaciones de dependencia que seguramente repercutirán de manera problemática en el futuro.

En definitiva, para que una familia desarrolle una dinámica adaptativa y funcional, deben tenerse en cuenta factores como el establecimiento de límites, la comunicación asertiva, el respeto de todos y cada uno de los miembros que la conforman, un estilo educativo compartido y basado en valores, y el favorecimiento de la autonomía de los hijos . Lo más importante para los padres debe ser fomentar en el hijo la seguridad en sí mismo, la capacidad de afrontamiento a los problemas, y el respeto hacia los demás.

Carmen Escámez Fernández

psicólogos
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Escrito por

Carmen Escámez Psicología

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