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El mito de la familia feliz

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Artículo revisado por el Comité de MundoPsicologos

​A menudo me encuentro en el curso de mi profesión con la existencia de este mito en la psique colectiva de la sociedad occidental.

11 MAR 2015 · Lectura: min.
Muchas familias dan más importancia al retrato que los demás tienen de ellos.

A menudo me encuentro en el curso de mi profesión con la existencia de este mito en la psique colectiva de la sociedad occidental. Esta última es una de las estructuras institucionalizadas más fuertes, debido a su estabilidad y su orden, y produce en el interior de la psique colectiva individual una imagen que no acompaña a su desarrollo, creando una Gestalt en la cual es muy difícil buscar la distancia, aun cuando aparentemente no se separa o se opone a ella.

De ahí la familia: Padre, Madre, Hijo. Una tríada en cuya base se sostienen, no sólo relaciones afectivas y sociales, sino también económicas, patrimoniales, de seguridad y hereditarias.

En nombre de la perpetuación de la especie, cada sociedad, de hecho, elabora un sistema de normas para evitar el caos que reina serenamente en el mundo animal, descartando la mezcla peligrosa y regulando las relaciones lo máximo posible.

A todos se le atribuye un papel que se convierte en "rol" al cual se acomodan, y cuya bondad es medida a través de un preciso sistema de valores en los que algunos promulgan la justicia o, por el contrario, la villanía.

Porque la familia que ha sido educada en la cultura cristiana es la que a menudo entra en conflicto con aquella de la cual hemos nacido, devolviéndonos a una realidad concreta muy difícil de aceptar, pero no por eso menos real e infelizmente duradera.

Dice Sandro (los nombres son ficticios), que vino a hacer terapia con su mujer Rina: ésta no es mi familia, aludiendo a las dificultades con la que diariamente tropieza, sobre todo, en la relación con sus dos hijos.

Y qué decir de Evelin, una joven menor de treinta años que viene a terapia por el fracaso de su historia sentimental con un hombre casado que no se arriesgó a dejar a propia mujer: una imagen de su propia familia que, a la vista de los otros, resulta unida y estable, pero que carece de cualquier tipo de relación entre sus miembros, silenciosamente separados en habitaciones individuales, o en sus cuatro vidas individuales. Que mortificación debe ser darse cuenta de que juntos no tienen ni una foto, ni siquiera una señal de la ficción que desde hace años llevan a cabo.

Otro ejemplo puede ser el caso de Marinetta, una mujer atractiva e inteligente, que en este mito, ha sacrificado su propia vida sentimental para dedicarse al único hijo que tiene, así como a la salvaguarda de su patrimonio, relegando la propia experiencia afectiva a la clandestinidad de la oscuridad.

Estos son algunos casos de las numerosas historias que he seguido, no sólo conozco, y que llevan a hacerse algunas preguntas y consideraciones.

Como afirma Tolstói en el comienzo de Ana Karenina, todas las familias felices son similares entre ellas; cada familia es infeliz a su modo.

La familia perfecta, un ideal irreal

Los ejemplos que he citado demuestran que el ideal de la familia perfecta se refiere a una única imagen presente en la conciencia colectiva, mientras su identidad real es diversificada y contextualizada, inmersa en una interacción compleja de emociones, sentimientos y expectativas.

Evitar conflictos para mantener la imagen limpia e idealizada de las relaciones entre los miembros de una familia significa mantener una ficción que, a la larga, empobrece la autenticidad de expresiones y sentimientos.

El cine contemporáneo, al igual que la literatura, ha sido elegido a menudo como el lugar donde se representa la familia y las interacciones entre sus miembros, deteniéndose en la utopía de la familia ideal, y concentrándose en su hipocresía que, como un conflicto abierto, acompaña a la estructura de un modo silencioso y nocivo.

Desde la falta de traiciones, desde abusos de poder a la pasividad, del silencio a la manipulación, las figuras del escenario familiar "recitan" su parte ocultando inconfesables verdades para mantener inalterada la estructura, tanto a sí mismos como a los ojos de los demás.

Porque, en épocas de grandes transformaciones sociales, como las que vivimos actualmente, el modelo familiar tradicional sobrevive rígidamente como imagen interiorizada de cada uno de los individuos, un fantasma con el que luchar continuamente, una referencia difícil de suprimir de la propia evolución.

A pesar de la pluralidad cultural del mundo actual, la inmigración, la difusión de convivencias entre personas del mismo sexo, y el creciente número de divorcios, el concepto de familia pervive imaginariamente anclado en su composición original y en sus roles primarios.

La interiorización de esta estructura, parece, por tanto, una Gestalt que resiste los cambios sociales y culturales de la época, con una contumacia que mina la creatividad de cada núcleo familiar y la posibilidad de desarrollar sus propias tensiones en términos positivos. Al contrario, los conflictos y las contradicciones son fuente de conocimiento y de cambio, de análisis y de individualización de las cuestiones familiares.

No es una coincidencia que cuando la tensión se termina, y los conflictos negados o escondidos explotan, la violencia puede emerger de un modo muy peligroso. El modelo de la familia perfecta o feliz es, por tanto, un mito imperfecto que distorsiona la realidad y no permite afrontarla, creyéndose interiormente que se está en posesión de alcanzarla, o que se es responsable de su fracaso.

La familia a veces llega a ser una losa

Una paciente mía, de 76 años, divorciada desde hace 20, conocida y afamada pintora, continua reprochándose a sí misma no tener más familia para sus dos hijas de cuarenta, a la par que es consciente de lo que han sufrido debido a su propia decisión. La culpa por no haber sido capaz de mantener un matrimonio infeliz pesa en la vida como en sus cuadros, repletos de sombras oscuras, como su remordimiento.

Cito el caso de esta mujer, laica, feminista y creativa que, a pesar de su carácter determinado y libre, no ha podido eliminar el sentimiento de culpa que la oprime desde hace muchos años, ni borrar de su propia alma la imagen de una familia que podría haber sido feliz si hubiera sido capaz de sacrificarse.

Por último, un guiño a los ritos conectados con el mito en cuestión. Me refiero a aquellos momentos sagrados que cada familia tiene para celebrar la "bondad" de su propia existencia.

Las fiestas y las comidas, los cumpleaños, y todas aquellas ocasiones en las que la reunión presupone vínculos afectivos, afinidad y autenticidad de los sentimientos. Sin embargo, estas son las muestras más significativas de esa ficción, así como la ocasión más cruel de su revelación.

De hecho, cuando la familia representa sus mentiras y reprime sus secretos, parafraseando el título de una vieja película con ese argumento, los rituales familiares se convierten momentos de malestar e inquietud profunda entre todos sus miembros, fiestas que, a menudo, se transforman en tragedia.

Desde Festen (1998) hasta El hada ignorante (2001), el cine no ha dejado de representar la reunión familiar alrededor de una mesa: la verdad aflora sobre la mesa sin discreción, destruyendo definitivamente el mito de la familia feliz.

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Escrito por

Dra. Lilia di Rosa Traducido por Raquel Rodríguez

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