¿Hay que estar feliz?

Para todo aquél que ansía la felicidad sin querer experimentar el sufrimiento.

3 JUN 2014 · Lectura: min.
¿Hay que estar feliz?

“No llores”, “Alegra esa cara”, “Los hombres como tú no lloran”, “Venga, anímate”, “Tranquila/o”, “Venga, no pienses más”, “Este fin de semana nos vamos de fiesta para olvidar los problemas”, “Te mantendremos ocupada/o”, “Venga, no es para tanto, mira todas las cosas positivas que tienes en tu vida”.

¿Alguna vez habéis dicho u os han dicho alguna de estas frases en algún mal momento?

Te contaré algo. Centrar la vida en eliminar ese malestar, las sensaciones físicas desagradables, los pensamientos automáticos negativos y/o los recuerdos molestos, va a producirte un efecto contraproducente. Resulta paradójico, pero cuanto más nos empeñamos en eliminar algo, más nos es devuelto como un boomerang que aterriza justo en nuestra frente. Haremos un experimento:

Ahora quiero que te relajes y hagas todos los esfuerzos posibles en hacer algo que voy a pedirte. TODOS. Todos los esfuerzos que puedas, como si te fuera la vida en ello, solo será 1 segundo. Y ahora….

Esfuérzate en NO PENSAR en un GATO VERDE. Lo siento. Sé que te habías esforzado. Lo mismo está ocurriendo con tus pensamientos y con tus emociones cuando deseas con todas tus fuerzas que desaparezcan, pero lo cierto es que estás contribuyendo para que sigan allí y es que sentir emociones negativas y positivas es normal, es supervivencia, es adaptación.

El sufrimiento es inherente al ser humano, pero el hecho es que desde pequeños nuestros padres evitan que sintamos sensaciones desagradables. Las madres llevan una mochila “full equip” donde podemos encontrar una botella de agua, merienda, ropa. Una serie de utensilios “por si” (por si se mancha, por si tiene sed). Y no, no se van de viaje, solo media hora al parque.

Por otro lado, tienes que saber, que podría ser un buen momento para pedir ayuda en el caso de que esas emociones sean de una intensidad y duración muy elevada, te provoquen un elevado grado de dolor y/o te interfieran en las actividades que lleves a cabo en tu día a día como rendir menos en el trabajo, eludir responsabilidades, estar cenando o tomando un café con unos amigos sin poder disfrutar de ese momento porque aunque físicamente estés ahí mentalmente estás muy lejos.

¿Qué hago cuando me siento triste?

Te propongo que cuando te sientas triste te des permiso para sentirte de esa forma, de la misma manera que lo haces cuando estas alegre. Estar triste es un proceso de adaptación que nos hace humanos. Es normal estar triste si se ha sufrido una pérdida o frente a un problema determinado. Es posible que tener esa emoción te ayude a avanzar. Puede que pienses que necesitas llevar una vida muy activa para olvidarte de ese hecho que te causa malestar pero realmente de esa manera no estás solucionando el problema. Cuando vuelvas a casa y estés solo, ese sentimiento seguirá aflorando. Darte permiso para experimentarlo significa:

1. Párate un momento. Consigue relajarte unos minutos en algún sitio donde sepas que durante ese tiempo nadie puede molestarte y nada puede interferirte. Respira conscientemente.

2. Echa un vistazo en lo que hay dentro de ti. ¿Qué sientes realmente? ¿Es un nudo en el estómago? ¿Es presión en el pecho? ¿Qué forma tiene ese nudo o esa presión? ¿Qué piensas?

3. Cuando lo hayas detectado simplemente obsérvalo. No hagas nada para que se vaya, tampoco para que aumente. No juzgues esos pensamientos. No hagas nada para modificarlo. Observa esa sensación. Ahí está. Permítete unos minutos para seguir observándola.

Acepta tus emociones y tus sensaciones dejando de hacer todo aquello que utilizas para evitarlos. Evita evitar. Sólo escúchalo y sigue hacia delante.

Darte permiso significa compararte con un océano y no con las olas. Las olas, al igual que esas sensaciones o esos pensamientos desagradables, existen. Pero si aceptas que entren en ti y simplemente los observas irán saliendo de la misma forma sin dejar una huella que te destruya.

Elena Salom Freniche Col. B-02334

Escrito por

Psicóloga Elena Salom Freniche

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