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Medir la felicidad con las reglas del materialismo causa malestar

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Medimos nuestro concepto de felicidad con los mismos criterios con los que valoramos la calidad de un televisor nuevo. Y hacerlo contribuye a una mayor frustración generalizada.

25 SEP 2013 · Lectura: min.
La medición cuantitativa y el concepto de plenitud son propiedades que no se pueden aplicar más que a objetos físicos. Foto: Fernando Arias

Medimos nuestro concepto de felicidad con los mismos criterios con los que valoramos la calidad de un televisor nuevo. Y hacerlo contribuye a una mayor frustración generalizada en nuestra población, según se extrae del estudio 'Los malestares psicológicos de la sociedad del bienestar', realizado por la Universitat de Barcelona y la Universitat Ramon Llull.

La asunción del materialismo como norma es una de las causas de lo que el sociólogo francés Gilles Lipovetsky llamó 'Sociedad de la decepción': subconscientemente, pensamos en la felicidad como algo que, sencillamente, se puede adquirir o conseguir a cambio de algo. Comprobar que eso no es cierto nos lleva a un constante sentimiento de frustración. Pero ese es solo uno de los aspectos en los que confundimos las reglas del mercantilismo material con las que miden nuestro bienestar personal.

Es frecuente hablar de la 'felicidad plena', completa. Esa concepción también está relacionada con el materialismo. Al contemplar esa posibilidad, estamos dándole a la felicidad, que es un concepto puramente etéreo, una característica física como la plenitud, que solo poseen los cuerpos. En otras palabras, esperamos que la felicidad llegue como un coche nuevo: entera e impoluta, sin ralladuras, con todos sus elementos de serie y también con varios opcionales.

Y todavía hay más. La calidad de un electrodoméstico queda probada previamente con una garantía que nos asegura una reparación o un repuesto en caso de que el objeto falle. En nuestro día a día, muy a menudo también buscamos que el bienestar quede garantizado para siempre: queremos contratos de trabajo indefinidos, propiedades para asegurar nuestros patrimonios y seguros de vida para garantizar que podremos solucionar futuros problemas.

Otra práctica en la que caemos es, en cierto modo, similar a ponerle un precio a nuestro bienestar. Monetizamos nuestro esfuerzo: si una opción nos va a costar menos horas de dedicación que otra, nuestra mente la concibe, a priori, como la más placentera. Es similar a cuando vamos a comprar en periodo de rebajas: un producto en oferta nos suele atraer más que otro al precio habitual. De hecho, la contabilidad es una de las propiedades que más tendemos a trasladar del consumo material al espiritual. Vivimos obsesionados con analizar cantidades, o mejor dicho, con conseguir valores mesurables: así, damos por hecho que tres alegrías serán siempre mejor que dos de igual manera que una terraza de25 metros cuadrados nos parece más atractiva que una de 15.

¿Estas comparaciones nos son útiles? Al contrario, nos llevan a equívoco y nos dañan. Intentar traspasar la lógica de lo material a lo sentimental es uno de los errores que más frustración provoca en nuestra sociedad. Nos sentimos decepcionados porque no entendemos cuál es la causa de no estar adquiriendo ese nivel de bienestar que ansiamos, y lo que nos ocurre es un error de diagnóstico: el bienestar no tiene niveles, ni se adquiere ni es sano tratar de medirlo.

Una de las claves para no caer en esos desengaños es reconocer las diferencias de funcionamiento entre el ámbito de las sensaciones personales y lo material, que se resumen en dos puntos:

  1. En lo personal, el futuro es imprevisible: el concepto mercantilista de garantía total no existe.
  2. La medición cuantitativa y el concepto de plenitud son propiedades que no se pueden aplicar más que a objetos físicos. Hay que saber aceptar la abstracción de los sentimientos y reconocer sus límites.

Un cambio social en esta forma materialista de hacer balance, según Lipovetsky, es inviable: según él, los problemas psicosociales siempre se han generado y han estado condicionados por el contexto en el que se vive. Mientras el consumismo material rija en nuestro día a día, la 'Sociedad de la decepción' seguirá siendo una realidad. Sin embargo, una solución individual no es tan utópica: basta con aceptar lo imprevisible y lo abstracto de nuestras sensaciones para dejar de lado ese malestar tan propio de nuestro tiempo, aunque sea personalmente.

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Escrito por

Sergi Falcó Martínez

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