¿Mi hijo tiene adicción a los videojuegos o simplemente le gustan mucho?
Muchos padres se preocupan cuando sus hijos pasan horas jugando a videojuegos. Sin embargo, jugar mucho no significa necesariamente tener una adicción. ¿Cómo distinguir una afición intensa de un uso realmente problemático?
Los videojuegos forman parte del ocio habitual de millones de niños y adolescentes. Sin embargo, siguen generando preocupación en muchas familias. Cuando un hijo pasa gran parte de su tiempo libre jugando, es frecuente que aparezcan preguntas como: "¿Esto es normal?" o "¿Podría estar desarrollando una adicción?".
La realidad es que jugar muchas horas no implica necesariamente un problema. Para entender cuándo debemos preocuparnos, primero conviene comprender qué aportan los videojuegos y qué diferencia existe entre una afición intensa y un uso problemático.
Jugar mucho no significa tener una adicción
Pensemos en cualquier otra actividad.
Hay adolescentes que dedican varias horas semanales al fútbol, a tocar un instrumento o a entrenar un deporte. El hecho de invertir mucho tiempo en una actividad no implica que exista un problema.
Con los videojuegos ocurre algo parecido.
Muchos jóvenes utilizan los videojuegos para entretenerse, relacionarse con amigos, superar retos o desarrollar habilidades. Para algunos incluso forman parte de su identidad y de su grupo social.
Por este motivo, el número de horas por sí solo dice poco sobre si existe o no una dificultad.
Lo que los videojuegos pueden aportar
A menudo hablamos de los riesgos de los videojuegos, pero olvidamos que también pueden aportar beneficios.
Entre los aspectos positivos que la investigación ha señalado encontramos:
- Mejora de determinadas habilidades cognitivas, como la atención visoespacial o la resolución de problemas.
- Desarrollo de la perseverancia y la tolerancia a la frustración.
- Oportunidades de cooperación y trabajo en equipo.
- Sensación de pertenencia a grupos de iguales.
- Actividad física en determinados juegos activos o de realidad aumentada.
Esto no significa que todos los videojuegos sean adecuados para cualquier edad, ni que deban utilizarse sin límites. Significa simplemente que el videojuego, por sí mismo, no es el problema.
Entonces, ¿cuándo deberíamos preocuparnos?
La pregunta importante no es cuánto juega un menor, sino qué consecuencias tiene el juego en su vida diaria.
Desde la psicología, el uso problemático de videojuegos se relaciona principalmente con la pérdida de control y con la interferencia en áreas importantes del funcionamiento cotidiano.
Algunas señales que merecen atención son:
- Le cuesta detener el juego cuando corresponde.
- Aparece irritabilidad intensa cuando no puede jugar.
- Abandona actividades que antes disfrutaba.
- Se producen alteraciones significativas del sueño.
- Desciende su rendimiento académico.
- Miente sobre el tiempo que pasa jugando.
- Utiliza el videojuego como única forma de afrontar emociones difíciles.
La presencia aislada de alguna de estas conductas no implica necesariamente una adicción. Lo importante es observar si se mantienen en el tiempo y si afectan de manera significativa a otras áreas de la vida.
El papel de las familias
En consulta suelo hacer una pregunta muy sencilla:
"¿Sabéis a qué juega vuestro hijo?"
Con frecuencia los padres conocen algunos títulos populares, pero rara vez conocen qué les gusta de esos juegos, con quién juegan o qué experiencias encuentran en ellos.
Comprender estas cuestiones suele ser mucho más útil que limitarse a vigilar el tiempo de uso.
Cuando las familias muestran interés por los videojuegos de sus hijos, resulta más fácil establecer conversaciones, comprender posibles riesgos y detectar cambios preocupantes.
Una dificultad frecuente: no conocemos aquello que queremos regular
Cuando hablo con familias sobre videojuegos, suelo comenzar con una pregunta sencilla:
"¿Sabéis a qué juega vuestro hijo?"
La respuesta suele incluir algunos de los títulos más populares del momento: Fortnite, Minecraft, Roblox, FIFA o juegos para móvil. Sin embargo, cuando profundizamos un poco más, muchas veces aparece una sensación de desconocimiento.
Es frecuente escuchar frases como:
- "Yo no entiendo esos juegos."
- "Van demasiado rápido para mí."
- "He intentado jugar alguna vez, pero no me entero de nada."
Esta distancia genera una situación complicada. Intentamos poner límites sobre una actividad que, en muchos casos, conocemos poco. Y cuanto menor es nuestro conocimiento, más fácil resulta que aparezcan conflictos o interpretaciones erróneas.
No es necesario convertirse en experto ni compartir todas las aficiones de nuestros hijos. Sin embargo, mostrar curiosidad por aquello que les interesa puede ayudarnos a comprender mejor qué encuentran en los videojuegos, qué necesidades están cubriendo y cuáles pueden ser los riesgos reales.
A veces, una conversación sincera sobre lo que juegan aporta más información que muchas horas de supervisión.
Acompañar mejor que vigilar
La supervisión sigue siendo importante, especialmente durante la infancia y la adolescencia. Sin embargo, supervisar no significa convertirse en policía.
Algunas estrategias que pueden resultar útiles son:
- Interesarse por los juegos que utilizan.
- Conocer los sistemas de clasificación por edades.
- Establecer horarios y rutinas claras.
- Favorecer actividades de ocio alternativas.
- Hablar sobre las emociones que aparecen dentro y fuera del juego.
- Supervisar posibles compras o microtransacciones.
El objetivo no es eliminar los videojuegos de la vida de los menores, sino ayudarles a desarrollar una relación saludable con ellos.
Jugar también enseña
Los videojuegos son una forma de ocio, pero también un espacio donde muchos niños y adolescentes aprenden, socializan y desarrollan intereses importantes.
Como ocurre con cualquier otra actividad, el problema no suele estar en el videojuego en sí mismo, sino en la relación que establecemos con él.
Por eso, cuando aparecen dudas, quizá la pregunta más útil no sea cuánto juega un menor, sino qué papel está ocupando el juego dentro de su vida.
Bibliografía
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