Permítete llorar cuando lo necesites

En una sociedad tan acelerada como en la que vivimos, cuando te preguntan “¿qué tal?” se espera que respondamos "bien". Además, cada vez nos bombardean más con mensajes sobre lo fácil que es

11 NOV 2019 · Última modificación: 4 FEB 2021 · Lectura: min.

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Permítete llorar cuando lo necesites

La tristeza, al igual que la alegría y la felicidad es una emoción necesaria y tiene una función muy importante en nuestras vidas. Somos humanos, no somos robots programados para estar únicamente en un modo de felicidad constante y absoluta.

La tristeza, puede que sea incómoda, dolorosa... Pero si la tenemos es por algún motivo que ha de ser atendido. La tristeza, al igual que las demás emociones, tiene una función concreta.

La tristeza enlentece nuestro metabolismo y nos permite llorar y asumir las pérdidas. Si no sintiésemos nunca tristeza por las cosas que nos suceden, seriamos una especie de autómatas que ni sienten ni padecen. ¿Te imaginas perder a un ser querido y no sentir tristeza?, sería muy extraño, ¿no crees?, ¿Cómo ibas a sobrellevar la perdida sin sentir la tristeza correspondiente?

En esa ocasión, al igual que en otras, es necesario sentir tristeza, es lo que corresponde debido a la situación en la que nos encontramos. En la vida ocurren ciertas situaciones dolorosas y difíciles y lo que no podemos pretender es permanecer inmóviles ni impasibles en ese tipo de situaciones. En esos casos, la tristeza facilita nuestra adaptación a esas condiciones que están sucediendo en nuestra vida.

Una forma de expresar esa tristeza que sentimos puede ser llorando. Llorar nos proporciona cierto alivio, nos hacer sentirnos algo más tranquilos/as y nos ayuda a exteriorizar el malestar interno que sentimos por lo que ha ocurrido (ya sea recientemente o hace un tiempo atrás).

Como comentamos, llorar tiene muchísimas ventajas. Sin embargo, ¿cuántas veces te han dicho o has escuchado "no llores"? Incluso, quizá tú mismo/a lo hayas dicho con la mejor de tus intenciones cuando has visto a alguien llorar.

Desde pequeños/as nos transmiten que es incómodo ver llorar a los demás y que cuando estamos tristes debemos evitarlo o reprimirlo. A veces, también nos reprenden desde pequeños/as cuando lloramos porque nos dicen que eso es de débiles, de caprichosos o de "niños/as malos". Finalmente, acabamos interiorizando que no está bien llorar (y menos en público) y por ello no nos permitimos (ni permitimos a los demás) llorar cuando lo necesitamos).

"Cuando desarrollamos tolerancia a las sensaciones físicas de las emociones menos agradables, abrimos la puerta a la inteligencia emocional".

Y es que gran parte del secreto consiste en aprender a reconocer las emociones y permitirnos sentir las sensaciones físicas que las acompañan - que se manifiesten en el cuerpo-.

Con un poco de tiempo y entrenamiento, seremos capaces de reconocer y tolerar las sensaciones desagradables, lo que automáticamente nos conducirá a:

  • -MAYOR DOMINIO EMOCIONAL
  • -MEJOR COMPRENSIÓN DE LAS SITUACIONES
  • -RESPUESTA CONSCIENTE Y CONSTRUCTIVA

"Cuando nos permitimos sentir la emoción en el cuerpo lo que hacemos es poner nuestra atención en las sensaciones físicas que la acompañan y rendirnos ante ellas porque ya están aquí: hacerles espacio y dejar que se manifiesten. Sentirlas".

¿Qué siento y dónde? ¿Cómo es esa sensación exactamente: presión, hormigueo, cerrazón? Observarla y ver cómo se desarrolla.

Si prestamos atención, veremos que normalmente, ante una emoción poco agradable tendemos a evitar sentirla, nuestro cuerpo la rechaza. Si nos permitimos relajar el cuerpo y hacerle espacio a la emoción, le permitimos seguir su proceso normal.

Si lo necesitas, permítete llorar, deja que tu tristeza pueda expresarse y te dé el mensaje que te venga a traer (todas las emociones vienen a traernos un mensaje importante). Esta es la única forma para que la tristeza desaparezca o, al menos, para que duela menos. Cuando atendemos a nuestras emociones, permitimos que éstas tengan su espacio, se desarrollen y se marchen. NADA ES PERMANENTE, las emociones tampoco.

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Escrito por

Haizea Gómez

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