Sobre la exigencia

¿Sabes qué es la exigencia? ¿Crees que a veces te asfixia? ¿Se convierte en un látigo y no te ayuda a crecer?

2 MAR 2016 · Lectura: min.
Sobre la exigencia

Hoy os dejo un cuento para reflexionar, de esos que nos enseñan:

"Cierto día un carnicero que estaba atendiendo a sus clientes vio que un perro se metía en la carnicería. Empezó a gritarle para que saliese de la tienda. El perro salió pero a los pocos minutos volvió a entrar y después de entrar y salir unas cuantas veces más el carnicero se dio cuenta que traía algo en la boca.

Saliendo de detrás del mostrador, se acerco hasta el perro y vio que lo que traía en la boca era una nota envuelta en un plástico. Cogió la nota y la leyó: "Podría usted enviarme medio kilo de chuletas y cinco salchichas?". Envuelto en el plástico venía también un billete de 50 euros.

El carnicero preparó el pedido y una vez listo metió en una bolsa las chuletas y las salchichas junto con el cambio. Mostró las asas de la bolsa al perro, que las puso en su boca y abandonó la carnicería.

El carnicero estaba asombradísimo y decidió salir detrás del perro para ver qué hacía.

El perro camino por la calle hasta llegar a un semáforo donde se paró, depositó la bolsa en el suelo, se alzó sobre sus patas traseras y pulsó el botón para que el semáforo cambiara a verde para los peatones. Esperó sentado con la bolsa de nuevo en su boca hasta que el semáforo le dejó pasar, cruzó tranquilamente y caminó hasta la parada de autobús. Al llegar, observo las señales que indicaban los diferentes autobuses y sus rutas, se sentó y esperó.

Al poco rato para un autobús pero el perro no se movió, un poco más tarde llego otro y el perro subió rápidamente por la parte de atrás para que el conductor no lo viese. El carnicero no daba crédito a lo que estaba viendo y subió también al autobús.

Tres paradas después el perro se alzo sobre sus patas, toco el timbre y cuando el autobús paró se bajo. El carnicero bajó tras él. Los dos caminaron unos minutos más hasta llegar frente a la puerta de una casa. El perro dejó la bolsa en el suelo y comenzó a golpear la puerta con sus patas delanteras mientras ladraba, como nadie le habría dio un salto a una tapia y de allí salto al alféizar de una ventana consiguiendo golpear varias veces el cristal. Salto otra vez a la calle y volvió a colarse frente a la puerta. A los pocos segundos la puerta se abrió y salió un hombre que sin mediar palabra empezó a golpear al perro mientras le gritaba lo inútil que era.

Al ver aquello, el carnicero se fue hacia aquel hombre le sujeto para que no pegara más al perro y le dijo: ¡Por favor, deje de pegar al perro! ¿No se da cuenta que está cometiendo una injusticia?. Este perro es un genio.

"¿Un genio?" grito el hombre, ¡este imbécil de perro es la segunda vez esta semana que se olvida las llaves!"

A veces resultamos como ese hombre: nos exigimos tanto sin valorarnos, que sólo nos hacemos daño.

Puede ser que la exigencia nos resulte útil para dar más de nosotros mismos, conseguir objetivos, nos motiva e incluso puede llegar a ser el motor que nos impulsa a seguir adelante. El problema llega cuando esa función no se realiza y pasa a ser una fuente de sufrimiento.

¿Somos capaces de reconocer todo eso que sí sabemos hacer? ¿Nos culpabilizamos en exceso?

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