Decisiones de vida: terminar o abandonar
En 2017, cuando tenía 12 años, mis padres se separaron. Ese fue el inicio de una etapa tormentosa e inestable para mí. Empecé a sentir con más fuerza la ansiedad, la inseguridad y la dificultad para encontrar mi lugar. En aquel momento, los estudios se convirtieron en un refugio, aunque emocionalmente me costaba gestionar lo que vivía.
En 2019 cambié de instituto. Fue un nuevo comienzo académico y social. El cambio no fue sencillo: tuve que adaptarme a un entorno distinto, lo que reforzó mis dudas e inseguridades, pero también me dio cierta resiliencia frente a situaciones nuevas. En aquellos años, la idea de solicitar plaza en una universidad extranjera me parecía lejana. Mi situación personal y familiar lo impedía: mis padres no querían pagarme el SAT ni llevarme a los centros de examen, y también me truncaron la posibilidad de marcharme a Alemania cuando lo intenté. A veces pienso que podría haber empezado en 2023 una carrera en España y, en paralelo, haber hecho el SAT por mi cuenta a escondidas para después marcharme. Debí haber hecho caso a mi interés, porque ya en octubre de 2023, el primer mes de universidad, las alarmas eran claras: me veía mucho más interesado por la economía y la política que por las asignaturas de mi grado.
En septiembre de 2021 empecé el Bachillerato de Ciencias. Fueron dos años de mucha presión y esfuerzo académico. En ese tiempo pensaba en hacer algo relacionado con ordenadores, aunque también crecieron mis intereses intelectuales: cada vez me atraía más comprender cómo la economía y la historia se relacionan con la sociedad y la política.
A finales de 2022 surgió en mí una idea que se volvió muy importante: la de estudiar fuera de España. Esa motivación me ayudó a mirar más allá y me dio fuerzas en momentos difíciles. Sin embargo, solo me centré en Europa y no en Estados Unidos, algo que ahora considero un error y que me genera la sensación de haber dejado pasar oportunidades importantes.
En septiembre de 2023 entré en la UC3M, en el grado de Ciencia e Ingeniería de Datos. El inicio fue un choque fuerte: nuevas exigencias, sensación de no encajar del todo y frustración por las notas. Fue un periodo de altibajos emocionales, pero también el comienzo de una búsqueda más profunda: confirmé que lo que de verdad me motiva es aprender para entender la sociedad, más que simplemente acumular calificaciones.
Durante el curso 2023–2024 viví una etapa muy marcada. Compartí habitación con un compañero, lo cual fue una experiencia exigente a nivel personal: difícil al inicio, pero que me enseñó a lidiar con la convivencia y la independencia. Académicamente, el primer cuatrimestre fue muy duro: tuve malas notas, me sentía frustrado y con sensación de fracaso. Sin embargo, en el segundo cuatrimestre logré recuperarme, mejorar en algunas asignaturas y cerrar el curso con una media baja, aunque con la convicción de que las notas no lo son todo. Ese año me enseñó mucho sobre resiliencia y superación, y me empujó a empezar a crear proyectos propios como una forma de canalizar mis intereses más allá de la universidad.
En el curso 2024–2025, mi segundo año, he empezado a explorar mis intereses de forma más creativa y personal. Decidí lanzar un podcast en inglés (“Joe and Data”), donde explico cómo la ciencia de datos y la inteligencia artificial impactan en la política, la economía y la historia. También estoy desarrollando una web de divulgación y aplicaciones de análisis de datos. Estos proyectos me ilusionan porque reflejan quién soy y hacia dónde quiero ir, aunque también me generan presión: siento que debo demostrar algo y me da miedo no estar a la altura.
Paralelamente, estoy trabajando en mi autoconfianza y en la preparación para el intercambio a Canadá en enero de 2026. Es un reto que me ilusiona, pero también me provoca miedo e inseguridad, sobre todo porque irán personas con las que tuve experiencias difíciles (mi compañero de habitación y un ex amigo). Aun así, lo veo como una gran oportunidad de crecimiento personal.
Hoy, en 2025, con 20 años, me encuentro en un proceso de reorientación. Quiero que lo que estudie y haga en el futuro esté conectado con la sociedad y con mi forma de entender el mundo. Me preparo para continuar mis estudios fuera y, al mismo tiempo, trabajo cada día en mi resiliencia, concentración, autoestima y confianza, buscando un equilibrio entre lo personal y lo académico.
Sin embargo, sigo con una nota baja y tengo tres asignaturas atrasadas, lo que me preocupa porque temo que pueda limitar mi sueño de hacer un máster y después un PhD en Estados Unidos, preferiblemente en la Ivy League, para dedicarme a la investigación y la docencia. A veces pienso que quiero acabar el grado para “callar bocas”, demostrar que pude con él, pero otras veces siento que quisiera empezar de nuevo y dejarlo todo atrás, incluidos los problemas que arrastro con mis padres, a quienes considero más un freno que un apoyo para mis aspiraciones. Incluso ahora mismo me estoy planteando muy seriamente abandonar el último año de carrera, porque no sé si seguir adelante me acerca a mis metas o me ata a algo que en realidad no quiero.
Vivo en un debate constante:
Si merece la pena luchar por universidades de élite aunque mi nota no sea alta.
Si hago bien en mantenerme en mi grado actual o si debería haber cambiado de camino.
Si desarrollo proyectos por pasión real o por presión de tener que demostrar algo.
Si sabré gestionar la distancia, el cambio y la soledad en Canadá.
Si mi futuro será como lo sueño, o si estoy alimentando expectativas demasiado altas.
A veces estas dudas me abruman tanto que pienso en dejarlo todo: abandonar mis estudios, mis proyectos y la presión constante. Aunque en el fondo sé que quiero seguir adelante, esa idea de rendirme aparece como un reflejo del cansancio y la ansiedad que arrastro.
Oscilo entre momentos de motivación y ambición, y otros de bloqueo y sensación de fracaso. Sé que tengo capacidad, visión y proyectos con sentido, pero mi ansiedad, mis dudas y la falta de apoyo familiar hacen que a veces pierda la confianza en mí mismo.
A todo esto se suma una idea que me pesa: probablemente podría haber sido aceptado en alguna universidad de Estados Unidos con beca completa, y siento que no haberlo intentado en su momento fue un error. Esa sensación de oportunidad perdida me genera frustración y dudas sobre si estoy construyendo mi camino de la mejor manera posible. Por eso incluso me he interesado por alternativas como Berea College.
En conclusión, estoy en un momento decisivo: lleno de proyectos e ilusiones, pero también de miedos y contradicciones. Quiero aprender a gestionar mi ansiedad, ganar confianza y mantener un equilibrio emocional que me permita avanzar sin sentir que vivo permanentemente entre la motivación y el bloqueo. Sin embargo, la presión de las notas, la falta de apoyo familiar y la sensación de estar atado a un camino que quizá no es el mío hacen que me esté planteando muy seriamente abandonar el último año de carrera e intentar irme a Estados Unidos. No sé si continuar y terminarlo sería una forma de cerrar una etapa y demostrarme que puedo, o si en realidad lo que necesito es dejarlo atrás para empezar de nuevo en otro lugar y darme la oportunidad de perseguir mi vida y mis aspiraciones sin las cadenas que ahora me frenan.
Sé que soy capaz de conseguir todo lo que me proponga, pero siento que este sistema académico y las circunstancias personales y familiares que me han tocado vivir me lo están impidiendo. Muchas veces no es una falta de capacidad, sino una lucha constante contra barreras externas que me hacen sentir que, aunque avanzo, nunca es suficiente para alcanzar mis metas en igualdad de condiciones con los demás.