¿Si yo no estoy, ella me querra de vuelta?
Soy una joven de 18 años y quiero compartir la experiencia que he vivido con mi madre a lo largo de mi vida. Ella fue la persona con la que más conviví durante mi infancia y adolescencia.
Cuando era pequeña, mi mamá me cuidaba y me daba cariño como cualquier otra madre. Sin embargo, cuando comencé a asistir a la escuela, su actitud empezó a cambiar. Se volvió mucho más estricta y controladora, como si cada decisión o el más mínimo error que cometiera fuera a determinar por completo mi futuro.
Recuerdo que, cuando tenía siete años, tuve un examen de matemáticas que me costaba muchísimo. Mi mamá culpaba a mis hobbies por mis dificultades académicas y los veía como simples distracciones. Llegó al punto de amenazarme con un cinturón mientras se sentaba a estudiar conmigo. Desde ese día nunca volví a sentirme cómoda estudiando a su lado. Aunque no volviera a amenazarme, su presencia me generaba una sensación de ansiedad y presión constante, como si quisiera sacar de mí cualquier distracción e introducir a la fuerza todo el contenido escolar para que fuera perfecta en cada evaluación.
Pocos días después de aquella amenaza, le conté a una maestra lo que había ocurrido. Lo hice entre lágrimas porque tenía miedo de que mis malas calificaciones hicieran enojar a mi mamá y terminara golpeándome. La directora y otros miembros de la escuela se enteraron e incluso la llamaron para hablar con ella. Lejos de sentirme tranquila, eso me dio aún más miedo. Pensaba que ella negaría todo y que volvería a casa sin ninguna consecuencia, como siempre ocurría. Después tendría que soportar nuevamente sus gritos, sus insultos y su enojo.
Fuera del ambiente escolar, nuestra comunicación casi siempre se reducía a regaños y gritos de su parte. Yo respondía con un tono de voz bajo y triste, pero eso parecía irritarla todavía más.
Alrededor de los doce años empecé a sospechar que algo no estaba bien conmigo. Nunca quise autodiagnosticarme, pero varios amigos me comentaban que algunas de mis reacciones y comportamientos podían ser señales de depresión o de algún tipo de trauma.
Mi mamá me llamaba vaga porque no limpiaba mi habitación, no me bañaba con frecuencia o dejaba de cepillarme los dientes. Sin embargo, había algo que ella nunca parecía comprender. Cada cierto tiempo llegaba a un punto en el que me costaba muchísimo levantarme de la cama. Podía pasar todo el día acostada, sintiéndome completamente agotada, como si mi cuerpo pesara demasiado y solo quisiera quedarme allí, pudriéndome lentamente.
La comida me la llevaban a mi habitación y muchas veces ni siquiera la terminaba. Los platos permanecían allí porque no encontraba fuerzas para levantarlos y llevarlos a la cocina. Dejaba de bañarme hasta sentir el peso de mi propio cabello y tampoco tenía energía para cuidar mi higiene dental. En esos momentos solo deseaba dormir durante un año entero y despertar en un lugar donde no existieran los gritos ni los regaños.
Nunca fui una persona problemática. Hablaba en voz baja por miedo a ser considerada respondona, me disculpaba constantemente y procuraba hacer el menor ruido posible porque sentía que cualquier cosa podía molestarle. Sin embargo, mi silencio terminó molestándole aún más. Comenzó a decirme que me creía depresiva, que solo estaba haciendo un berrinche y que debía madurar.
Después de vivir prácticamente todos los días la misma situación y de enfrentar siempre la misma expresión de enojo en su rostro, comencé a tener pensamientos suicidas. Nunca llegué a intentar hacerme daño porque siempre he sentido mucho miedo al dolor físico, incluso al de un simple corte con una hoja de papel. Aun así, imaginaba con frecuencia un universo donde yo moría y mi mamá, por última vez, me regañaba por ser "vaga" antes de darse cuenta de cuánto me habían afectado sus insultos, sus gritos y la ausencia del cariño que tanto necesitaba. En esas fantasías pensaba que finalmente se arrepentiría de haberme tratado de esa manera y desearía tenerme de vuelta para volver a quererme como cuando era una niña pequeña.
Hoy, a mis 18 años, siento que nada ha cambiado. No puedo razonar con alguien que se enoja cuando expreso mis opiniones y que termina victimizándose delante de mí, como si yo fuera quien debiera pedir perdón por haber sido regañada una vez más.