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La subjetividad y el lenguaje

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Artículo revisado por el Comité de MundoPsicologos

La interacción social entre dos personas se alcanza mediante la función del lenguaje. Hablar es más que decir palabras,, es querer y decidirse a hacerlo.

4 FEB 2015 · Lectura: min.
La subjetividad y el lenguaje

Tanto la mirada como la voz implican la subjetividad del que mira o del que habla. Por tanto siempre hay una dimensión de imprevisible. A través de los propios testimonios de los autistas podemos comprender que para ellos el sentido de la comunicación no es obvio. Porque no es sólo el pase de información lo que el hablar lleva sino que las palabras, al ser dichas, dejan escapar los elementos propiamente subjetivos de la persona que está hablando. Y eso es lo que al niño autista le detiene y le aparta. Es como si se preguntara: ¿Por qué me habla? ¿Qué quiere de mí? Ante la dificultad de dar sentido a estas preguntas, se puede sentir invadido por un sentimiento de extrañeza y angustia.

La consecuencia de todo ello es que, o bien no habla y se mantiene en un mutismo o, si accede a hacerlo, se limita a la repetición de palabras o de fragmentos de frases que se ha trabajado en diferente ámbitos con ellos.A veces las palabras que oye son sólo "ruido" para él y únicamente se queda con alguna que le interesa particularmente.Porque no es lo mismo comprender un lenguaje, incluso acceder a pronunciar palabras, que hablar.Hay un salto y una diferencia entre pronunciar y repetir palabras, y hablar a los demás.

Para poder acceder a la función de la palabra, es necesaria la interacción con esa otra persona. El testimonio de Donna Williams, una persona con autismo, nos enseña sobre la diferencia entre repetir las palabras y utilizarlas para hablar: "Quiero un guía que me siga. Estoy en un mundo de palabras que no me sirven para hablar. Querría haber salido para compartir mi mundo con los otros. Y los otros con el mío."

Los niños con autismo tratan de hacerse un lugar en la vida, a partir de sí mismos y a partir de un objeto (que puede ser cualquiera que escojan ) que, de alguna manera y por llamarlo así, les complemente. Si nos fijamos en lo que hacen y no en lo que supuestamente deberían hacer, podremos captar sus intentos por alcanzar aquello de lo que carecen. En efecto, sus repeticiones, sus juegos de alternancia (abrir-cerrar, ir-venir, encender-apagar) son esbozos, aunque fallidos, de alcanzar lo simbólico; es decir, de ordenar simbólicamente el mundo. A estas alternancias se las considera, a veces, estereotipias, conductas sin función alguna, y se opta por intentar suprimirlas. Sin embargo, hay que tener en cuenta que se trata de algo decidido que hace el niño, algo que le sirve, que para él tiene un sentido (para calmarse, por ejemplo). Es fundamental tener esto en cuenta para poder situarnos a su lado. Solo respetando sus mecanismos de autodefensa y solo tomando sus actos como decisiones propias, como inventos para darse un "cierto" lugar, podremos acercarnos de otra manera y conectar nuestros dos mundos. Se trata de aprender a hablar su "lengua", y de comprender cómo funciona la subjetividad de una persona con autismo.

Estar al lado de ella implica arriesgarse a estar junto a alguien que se mueve con unas categorías distintas de las nuestras y, aunque no lo parezca, hace un esfuerzo para comprender el mundo que le rodea y hacerse un lugar en él. Esa trayectoria que se compone de preguntas propias y búsqueda de respuestas es lo que todos hacemos. Ese es nuestro propio proceso subjetivo, nuestro camino en construirnos una realidad. Los niños con autismo también lo hacen, pero precisamente por haberse detenido en el acceso al lenguaje tienen más dificultades. Si no tenemos en cuenta este proceso subjetivo, dejamos de lado lo más auténticamente humano de ellos. Nos podemos encontrar paradójicamente con niños que saben usar palabras para pedir o indicar, pero que no pueden decir nada de sí mismos. E incluso pueden tener una verdadera desorganización mental en cuanto a las explicaciones que intentan darse a lo que verdaderamente les interroga o les preocupa. Es desde esta perspectiva clínica, de entender a quién no necesariamente se mueve con nuestras categorías, que podemos poner en marcha un tratamiento que sea efectivo e integral. Hay un salto y una diferencia entre pronunciar y repetir palabras, y hablar a los demás. Para poder acceder a la función fundamental de la palabra que es la de hablar al otro; decirle algo a alguien, es necesaria la interacción con esa otra persona en tanto tal. Y esa interacción no pasa por tomar a esa persona únicamente como la que puede brindar lo que el niño pide, sino por una interacción entre ambos que vaya más allá de su necesidad concreta en un determinado momento. La interacción social entre dos personas se alcanza mediante una función del lenguaje que va más allá de la capacidad de decir palabras; esto es, mediante el diálogo. Creer que un niño habla por el hecho de decir únicamente palabras es un error, y es por ello que obligarlo en este sentido no acostumbra a producir efectos positivos, más bien al contrario. Hablar no es decir palabras, es querer decir algo a alguien y decidirse a hacerlo.Para que se de un diálogo, la subjetividad ha de estar en juego. Por eso, posibilitarle al niño el acceso a tolerar la subjetividad del los otros, con sus imprevisibilidades, pero sin forzarlo a decir y dándole sus tiempos, así como ofreciéndole recursos para que pueda hacer sus elecciones, es fundamental para acceder al diálogo.

Escrito por

Marisa Ramos Bique. Psicóloga Psicoterapeuta

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