El miedo y el racismo

El miedo al desconocido es capaz de generar violencia. Cuando creemos que nuestras necesidades básicas están en peligro por culpa de "esos desconocidos" aparece el racismo.

24 NOV 2016 · Lectura: min.

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El miedo y el racismo

El miedo a las otras y a los otros es la chispa que puede encender la violencia. Los prejuicios que, en ocasiones, tenemos contra otras personas, se basan en el miedo que nos provoca el desconocido, su cultura, su religión, su color de piel, sus normas, sus costumbres. Gandhi dijo: "La violencia es el miedo a los ideales de los demás". Son esos prejuicios los que nos hacen asociar erróneamente el aumento de la inmigración con el aumento de la delincuencia, el paro, la criminalidad, etc. "Los inmigrantes nos roban, nos quitan el trabajo".

El etnocentrismo de los países del norte rico nos hace creer que sólo somos verdaderamente humanos los de nuestro pueblo, raza o religión. La otra y el otro son extraños, bárbaros, extranjeros, en resumen, enemigos. Este discurso, desgraciadamente, está fomentado de una forma sutil por algunos medios de comunicación, partidos políticos e instituciones gubernamentales. Una vez ha aparecido ese miedo a lo desconocido, al desconocido, nos encontramos con el caldo de cultivo justo y necesario para poner en marcha actitudes racistas, xenófobas, fascistas, nazistas, discriminatorias, etc.

Cuando no tenemos nuestras principales necesidades cubiertas (alimento, techo, trabajo…), cuando vemos amenazada nuestra seguridad, nuestra integridad, nuestra vida, o, sencillamente ante algo o alguien desconocido, el miedo hace su aparición y es ese miedo el que nos lleva a la acción, a buscar la manera de satisfacer esas necesidades, incluso mediante la violencia si es necesario.

La violencia se reinventa con los nuevos tiempos para hacerles frente y, aunque el miedo a los desconocidos no es nuevo de nuestra época, sigue estando de moda. La negación de auxilio es también una forma de violencia en cuanto a que nuestra no-actitud, nuestro no-comportamiento, nuestra no-acción, comportará un sufrimiento a otras personas a quienes se lo hubiéramos podido evitar si hubiéramos actuado en su momento. Comportándonos de esta forma irresponsable e insolidaria estaremos practicando una violencia por omisión. Un claro ejemplo de esto último es la poca o nula ayuda que los refugiados, desplazados o migrantes del mundo están recibiendo hoy de parte del norte rico. Hablando sólo del conflicto bélico de Siria, la huida varios millones de personas hacia Europa, buscando mejores condiciones de vida, no ha conseguido todavía despertar nuestra solidaridad, nuestra compasión y nuestra empatía.

Tras los atentados del 11 de septiembre del 2001, todos nos hicimos conscientes de que éramos más vulnerables y frágiles de lo que creíamos hasta entonces. Esa consciencia no hizo más incrementar el miedo y, en consecuencia, la violencia de unos contra otros. Ahora no es posible la libre circulación de las personas: las fronteras entre países son aún más infranqueables, sobre todo si una tiene un cierto color de piel, o un cierto aspecto físico, o un cierto acento. Por no hablar de las migraciones por culpa de esas guerras que hemos provocado: a esas personas no se les permite encontrar un nuevo territorio donde sentirse seguros y satisfacer sus necesidades básicas. Las políticas de inmigración a día de hoy se resumen en el control policial de la entrada en el país y la expulsión de los residentes "ilegales". No podemos olvidar la función que los centros de internamiento de inmigrantes (CIE) tienen al respecto del control de los movimientos de la población. En mi opinión esta no es la manera de demostrar nuestra hospitalidad hacia aquellas personas que quieren convivir con nosotros para buscar nuevas oportunidades para ellas y para sus hijas e hijos.

Los seres humanos masculinos, blancos, de la parte rica del mundo, hemos diseñado un sistema de seguridad "a la defensiva" para protegernos del propio mal que hemos ayudado a crear.

Esta seguridad se despreocupa de las otras y de los otros: "ande yo caliente, ríase la gente". Ante todo este agravio sólo cabe la educación para la paz, sólo cabe recuperar la capacidad de indignarnos cuando, en pos de la "seguridad", tanto los políticos como las fuerzas y cuerpos de seguridad de los estados impiden el movimiento libre de personas de unas tierras a otras y, en nombre de esa seguridad, se menosprecian las libertades y los derechos humanos. No viviremos en paz mientras haya un solo ser humano que no tenga satisfechas sus necesidades básicas.

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Escrito por

Alicia Navarro

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