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«La agorafobia me mantuvo presa 15 años»

Un caso real de agorafobia que te ayudará a entender lo limitador que puede llegar a ser este trastorno.

23 jun 2016 en Consejos - Lectura: min.

psicólogos

Desde MundoPsicologos.com nos propusimos profundizar en la agorafobia que, pese a ser un trastorno común, su padecimiento es realmente limitante. Lo que sigue es el testimonio de Mila Balsera, mujer de 41 años, que durante 15 años estuvo bajo el yugo de la agorafobia.

«Me llamo Mila y soy la pequeña de siete hermanos. Recuerdo los primeros años de mi vida como un ser protegido por mis hermanos y tenía la sensación de que mis padres ya eran mayores para eso de "ser padres". Dicen que cuando nace un niño lo hace con un pan bajo el brazo. En mi caso, nací con una preocupación más para mis padres. Ésta es mi historia y aunque está muy resumida, fueron más de 15 años de sufrimiento».

«Empecé mi amistad con el miedo a los 6 años. Vivíamos en un pueblo donde, en aquellos tiempos, si caía una gota de lluvia la luz se cortaba y estábamos a oscuras hasta que se solucionaba el problema. Una noche, mientras dormía con mis padres en su cama, desperté y vi una oscuridad inmensa. Sólo escuchaba el sonido de la voz de mi madre hablándome y no tenía ganas de llorar, simplemente, me mantuve callada y me quedé dormida.

Meses después hubo una gran tormenta y esta vez nos pilló a todos en el salón. De repente la luz se fue y sólo escuché un grito desgarrador y un llanto de angustia. Sí, era yo. Fue tal el pánico que sentí que sólo recuerdo estar abrazada a la persona que tenía más cerca, mi madre. Fueron los minutos más largos de mi vida y posiblemente también el de las personas que allí se encontraban, por mi llanto y por la angustia que sentían al escucharme.

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En ese momento se instaló en mí un miedo a la oscuridad incapacitante y aquí comienza la historia de "la niña de la linterna", como así me llamaron durante años. El hecho de que una niña de siete años fuera a todas partes con una linterna de petaca hizo que más de una vez fuera el objeto de burla de los vecinos, lo cual hizo que mi autoestima bajara en picado».

Tuve que soportar las risas y los comentarios crueles de la gente que me rodeaba.

«Llegó la adolescencia y con ella la responsabilidad de cuidar un poco más de mi padres. Mi madre se convirtió en una persona con hipocondría y ansiedad constante y yo fui adquiriendo algunos de sus miedos pero mi miedo más arraigado era que alguien de mi familia muriera. Pese a ello, en esta etapa empezaron mis inquietudes por el arte de la música que, desde muy pequeña, era mi pasatiempo preferido. Hacía de cualquier cosa un micrófono y era el remedio que me hacía olvidar mi miedo a la oscuridad. Con dieciséis empecé a cantar en escenarios y también a esa edad me llamaba una especial atención cuidar a personas mayores. Dos o tres calles más abajo de mi calle vivían dos mujeres mayores que conocía desde pequeña. Ya a su edad les costaba levantarse de la cama y vestirse y yo me ofrecí para ir a ayudarlas.

Un día, cuando me dirigía a casa de las ancianas, sentí que tenía un poco de ansiedad en el camino. No le di demasiada importancia, pensé que ese día no me encontraba bien. Sin embargo, al día siguiente sentí una ansiedad más grande, hasta me sentía mareada y me tenía que poner al lado de la pared para llegar a casa de mis vecinas. Así estuve varios días y llegó un punto en el que, lo que eran 50 metros, me parecían kilómetros y dejé de salir a otros lugares por miedo a que me pasara lo mismo.

Empecé a faltar al instituto y tenía que escuchar comentarios como "eres una floja" o "no quieres hacer nada en la vida". Yo me defendía diciendo "no puedo salir, cuando salgo me entra una cosa que no puedo explicar". Y en aquel momento dejé de ser la niña de la linterna para convertirme en "la niña de la cosa".

Durante esos años, me preguntaba constantemente si algún día sería normal, como todo el mundo.

Ya cada vez salía menos con mis amigas. Las veces que salía sólo lo hacía acompañada de mi madre pues ella era la única persona en la que confiaba. Ya no sólo tenía miedo a estar en la calle sino que empecé a desarrollar un pánico a quedarme sola en una habitación y a meterme en la ducha. Fueron al menos cuatro años en los que llegué a acostumbrarme a la situación aunque intentaba que mi vida fuera lo más normal posible. Pero la realidad era muy distinta».

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«Mi vida hasta entonces era un vivir por vivir ya que no podía hacer nada de lo que todas mis amigas hacían. Y lo peor era que no sabía lo que me ocurría, ni siquiera sabía si sería "normal" algún día. Sólo había una cosa que me hacía sentir bien y era encerrarme en la habitación y cantar. Llegó el momento en que alguien me ofreció cantar en público, cosa que para mí era muy difícil, ya que mis miedos se habían convertido en mi forma de vida, pero acepté. De esa actuación salieron más y más y yo iba a cantar y regresaba a casa. Eso sí, el coche siempre debía estar justo en la puerta.

En el año 1998 conocí al que hoy sigue siendo mi pareja, Javier. Él es cinco años menor que yo y su vida, por aquel entonces, transcurría en Huelva. Mi situación no nos dejaba hacer grandes cosas y eso me apenaba mucho. Un día le dije a mi pareja que me buscara algún libro donde se hablara de la ansiedad y de los ataques de pánico. Javier me trajo un libro titulado Agorafobia y ataques de pánico. Cuando leí ese título pensé: "sé qué son los ataques de pánico pero ¿qué es la agorafobia?

En el libro se explicaban muy bien los síntomas y por fin pude ponerle nombre a mi problema: agorafobia o miedo a los espacios abiertos.

Desde ese momento empecé a buscar remedios para esa enfermedad, busqué psicólogos de la Seguridad Social pero, por mucho que ellos quisieran ayudarme, sólo me atendían una vez cada mes y medio. Iba también a relajación una vez en semana y me sentaba muy bien aunque mis miedos seguían dentro de mí.

Finalmente, comencé una terapia con un psicólogo que vivía en Barcelona. Lo conocí a través de una página de internet. Él me quiso hacer una terapia para encontrar el motivo de la agorafobia. Fueron muchas horas de conversación y de reflexiones hasta que descubrí el motivo de todo».

La muerte de mi madre me provocó mucho dolor pero, a partir de ese momento, sentí cómo la agorafobia disminuía.

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«En marzo del año 2008, mi madre cayó enferma. Un día, en el hospital, tuve que quedarme con ella hasta que llegara otro de mis hermanos. Aquella tarde vi en la mirada de mi madre que algo no iba bien. Le pregunté y me dijo que sólo estaba fatigada. En ese momento, tuvo una hemorragia y yo sentí que tenía que ir a pedir ayuda. Salí de esa habitación, bajé a la calle y allí me quedé bloqueada. No podía estar en la calle pero tampoco podía enfrentarme al miedo de subir a la habitación. Pedí ayuda y acto seguido tuve el mayor ataque de pánico de mi vida. Dos días después mi madre falleció.

Sentí como un vínculo muy grande se rompía, sentía soledad absoluta, una pena que no se puede describir pero… también una relajación y una paz increíbles. Desde ese día, la agorafobia me bajó un 80% y me preguntaba: ¿por qué? Si mi madre era lo más importante para mí, tendría que ser al contrario. No lo comprendía pero empecé a hacer cosas que antes no podía.

Desgraciadamente, tres años después de la muerte de mi madre, murió mi padre y me fui a vivir con mi pareja. Al principio, me costó muchísimo vivir sola ya que Javier estaba todo el día trabajando pero mi agorafobia empezó a disminuir. Yo seguía con mis terapias y asistiendo a psicólogos para que me hicieran entender el por qué de mis miedos.

La agorafobia desapareció en el momento en que mis padres murieron. Con mis terapias me di cuenta de que siempre tuve miedo a que les pasara algo y ese miedo era tan grande que mi ansiedad subía cada día más.

Actualmente, estoy totalmente recuperada de la agorafobia. Cada momento lo disfruto al máximo. No sólo soy totalmente independiente sino que me encanta estar en casa sola, salir sola, caminar muy lejos de casa sin la necesidad de tener el coche cerca y todo ello ha sido gracias a los psicólogos que me atendieron, que me hicieron entender muchas cosas.

La agorafobia tiene cura y está en tus manos. El apoyo psicológico y también el moral son clave para superarla.

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