Cómo superar el trastorno emocional que supone el desempleo

Septiembre es un mes de cambios, pero también de oportunidades. Hay que tratar de aprovechar la nueva situación que se nos presenta y no caer en el pesimismo.

22 SEP 2016 · Lectura: min.
Cómo superar el trastorno emocional que supone el desempleo

Nadie duda de que septiembre es un mes de cambios en cuanto al trabajo se refiere. Termina el verano, lo que supone la finalización de los contratos temporales propios de esta estación. A pesar de ello, septiembre es también el mes en el que se reinician las ofertas laborales y de formación, prácticamente ausentes durante el paréntesis estival. Por eso, es también un mes de oportunidades.

Desempleo y oportunidades

Con la vuelta de las vacaciones se reactivan las ofertas laborales, por lo que surgen nuevas oportunidades de encontrar trabajo. Pero también es ahora cuando comienzan la mayoría de los cursos de formación y especialización, actividades que pueden abrirnos las puertas para desempeñar un nuevo puesto u optar por una capacitación profesional mayor.

Buscar trabajo implica mantenerse activo. Por ello, además de buscar cursos que nos interesen o nuevas metas profesionales, podemos ampliar nuestro radio de acción a otros medios como las redes sociales, usadas por muchos reclutadores para seleccionar profesionales con perfiles afines al puesto que necesitan cubrir. Si aún no te has dado de alta en estos canales, ahora puede ser el momento perfecto para ello.

Lidiar con el malestar que conlleva estar en paro

Aunque septiembre es un mes de oportunidades laborales, también puede ser una época en la que emociones como la depresión, el estrés o la apatía hagan su aparición. Tanto si llevamos varios meses buscando trabajo como si nos hemos quedado en paro hace poco, podemos experimentar una serie de inquietudes que afectan a nuestra estabilidad emocional y que pueden perjudicar una futura entrevista.

Y es que el desempleado pasa por una serie de fases o etapas desde que es consciente de su nueva situación. Así, muchos investigadores identifican una primera fase de entusiasmo, en la que, en la mayoría de los casos, nuestra autoestima está aún intacta y que suele estar asociada a la búsqueda de nuevas oportunidades. Esta etapa es vivida con inquietud y cambios emocionales, pero también con expectación.

A ella le sigue otra de parada, que se produce cuando constatamos que el proceso de búsqueda de empleo es más complejo. A la inquietud y el malestar emocional de la primera etapa se unen la pérdida de autoestima y el estrés.

La tercera y cuarta fase van de la mano: tanto la apatía como el pesimismo y la resignación hacen acto de presencia. Nuestra autoestima ha caído en picado, nos sentimos frustrados y nerviosos; afloran sentimientos negativos que se caracterizan por la apatía y la desgana propias de las personas que han dejado de perseguir sus metas. Es aquí cuando hay que tener cuidado con las emociones, ya que a menudo se dan episodios de tristeza, depresión, insomnio.

Las necesidades económicas, el sustento familiar, los pagos y gastos mensuales provocan momentos de agobio y estrés que pueden perjudicar nuestras relaciones sociales y familiares. En muchos casos, encontrar trabajo no responde a cuestiones económicas, sino a un deseo de integración en la sociedad y de identidad profesional, creencia basada en la famosa frase de Karl Marx que defendía que «el trabajo dignifica al hombre».

A pesar de todo ello, tenemos que tratar de no caer en el pesimismo, ser perseverantes e intentar sacar provecho de las nuevas oportunidades que se presentan en septiembre. Y si no podemos hacer frente solos a esta situación, buscar ayuda profesional.

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Escrito por

Raquel Rodríguez

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